Como un pequeño relámpago, tus carias recorren mi cuerpo descubierto con esas cosquillas electrizantes. Te miro, me miras, me muerdes. El labio, la nariz, el cachete, la oreja... lo que sea. Entonces mi sonrisa se pierde entre las sábanas, escondiéndose tímidamente con ganas de que la encuentres.
Y es que esos son los momentos en los que las agujas del reloj se detienen y ya no existe nada más que un nosotros. Dos personas que juegan a ser una, abrazándose hasta que sus corazones laten al unísono, imposibles de distinguir. El riesgo se esfuma, nada parece tener importancia mientras convertimos nuestro sueño en realidad. El momento pide más, y a su lado las consecuencias son insignificantes.
Por eso quédate así, para siempre. Aprisióname entre tus brazos, déjame sin aire, pero no me dejes escapar. Pidámosle a la eternidad que sea nuestra amiga, nuestra compañera. Sintamos el mundo a nuestros pies. Pies que persiguen dedos opuestos pero más que conocidos.
Permíteles a mis manos que se pierdan entre tu pelo, que te arañen la espalda, que recorran cada centímetro de tu cuerpo. Permíteme quererte como nunca nadie lo ha hecho. Permíteme ser tuya, deja que seas mío. Y así hagamos que estos momentos no acaben nunca. Creemos un bonito recuerdo después de otro. Sigamos provocando sonrisas. No dejemos de hacer el amor.
